faith

 

Watch and pray, dear, never get tired of trying, and never think it is impossible to conquer your fault’, said Mrs. March, drawing the blowzy head to her shoulder and kissing the wet cheek so tenderly that Jo cried even harder.”

I have not written in a long time.

Well, I write but not for you, if there is anyone reading me.

Maybe I have got used to this place, its people and its customs. Maybe I am not bothered anymore by the ideas I hear, the gazes I catch, the corners I discover, the resignation of these lives.

Then I read critical voices and I get inspired. Distant voices, voices with names and surnames written in books’ covers, voices (most of them) educated in the West, voices with many thoughts and little said, but carefully said.  

I also see a world that moves and takes the streets, raises a fist and speaks up for a better future. A Western world, of course; that one where I come from and has given me enough anger to come all the way here to see it with my own eyes.

Thereupon I realize I have a voice and I have legs to walk, to stamp, to jump if no one is listening, if no one sees me. I have words as my best weapon against this adverse world.

 

After seven months in Jordan, I feel overflowed by ideas which today I try to put down in paper. With words, always.

People here is very content with their lives.

I am born here and I die here, without any yearning to see further from my four borders.

I am a Muslim and, to my religion, to my God, I give everything I have, all my hours, all my thoughts. There’s not a conversation in Jordan in which Allah is brought up every two sentences. If God allows me to, God willing, thanks God, go with God.

And I, who I have been educated far from faith but passionately intrigued by it, don’t get any explanation when I ask for. They mention Allah’s kindness but I can’t find his good actions anywhere. They talk about what He created but they don’t know which was the process that brought us here today. (And they won’t pull the wool over my eyes telling me that I come from someone’s rib, ¡ha!). He looks at them but they hide and bend under His authority. They recite four Quran verses but they forget there are 110 surahs after them. And many (too many) of my questions remain unsolved. Just by saying salam, peace, they cannot convince me (and specially knowing this region a little bit).

 

Then I count the number of libraries in one of the Middle Eastern capitals and there are still fingers left in one hand.
I look around myself in the street and I just run into male gazes.

Everytime I mention where I come from, they celebrate Messi to later on criticize our customs, our freewill.

They establish a distance between us: you, European woman, white, impure; and me, Arab woman, Muslim, proper. A distance that avoids us to get to know each other and therefore, judge each other beyond the places where we have been born.

From so much faith, intolerance raises. Without books, without any passion to learn, without any interest to look beyond, difference springs up. And the distance between us becomes unconquerable.

 

But no, there’s nothing that can’t be saved.

It is in those voices where the light, hope for a change lies. A change their way (without white hands neither dollar rolls). A change with more words out loud and more glances straight to the eyes.

A standing up with fists lifted to the sky.

 

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Blurry words.

 

 

Yours faithfully,

little woman

 

Vela y ora, querida mía; no te canses de intentarlo y nunca pienses que es imposible vencer tu defecto’, dijo la señora March, atrayendo a su hombro la cabeza desordenada y besando las mejillas húmedas con tanta ternura que Jo lloró más que nunca.” 

Hace tiempo que no escribo.

Bueno, escribo pero no para ti, si es que hay alguien que me lee.

Tal vez me haya acostumbrado a este lugar, a sus gentes y a sus costumbres. Tal vez ya no me piquen tanto las ideas que oigo, las miradas que capto, los rincones que descubro, la conformidad de estas vidas.

Luego leo voces críticas y me inspiro. Voces lejanas, voces con nombres y apellidos escritos en la portada de un libro, voces (la mayoría de las cuales) educadas en Occidente, voces con mucho pensado y poco dicho aunque eso sí, con cuidado.

También veo el mundo que se mueve y sale a la calle, levanta el puño y grita por un futuro mejor. Un mundo de Occidente, claro; ese del que vengo y que me ha dado suficiente rabia para venir hasta aquí a ver todo con mis propios ojos.

Entonces me doy cuenta que yo tengo voz y tengo piernas para andar, para patalear, para saltar si nadie me escucha, si nadie me ve. Yo tengo las palabras como mi mejor arma frente a este mundo adverso.

 

Y, tras siete meses en Jordania, me desbordan las ideas que hoy trato de poner en papel. Con palabras, siempre.

La gente aquí es muy conforme con su vida.

Nazco aquí y muero aquí, sin anhelo alguno de ver más allá de mis cuatro fronteras.

Soy musulmanx y, a mi religión, a mi Dios, le doy todo lo que tengo, todas mis horas, todos mis pensamientos. No hay conversación en Jordania que no mencione a Allah cada dos frases. Si Dios me lo permite, si Dios quiere, gracias a Dios, ve con Dios.

Y a mí, educada lejos de la fe pero apasionada por conocerla, no me cuentan nada. Mencionan la bondad de Allah pero no veo sus buenas acciones por ningún lado. Hablan de lo que Él ha creado pero no conocen cuál fue el proceso para que hoy estemos aquí. (Ya saben que a mí no me venden la moto de que vengo de una costilla, ¡já!). Él les mira pero ellos esconden la mirada y se agachan ante Su autoridad. Recitan cuatro versos del Corán pero olvidan que hay 110 azoras después. Y muchas (demasiadas) de mis preguntas se quedan sin resolver. Sólo con decir salam, paz, no me convencen (y más conociendo la región un poco).

 

Entonces cuento las bibliotecas de una de las capitales de Oriente Medio y me sobran los dedos de una mano.

Miro a mi alrededor en la calle y sólo me topo con miradas masculinas.

Cada vez que menciono de donde vengo, celebran a Messi para luego criticar nuestras costumbres, nuestro libre albedrío.

Ponen una distancia entre nosotras: tú, mujer europea, blanca, impura; y yo, mujer árabe, musulmana, apropiada. Una distancia que nos impide conocernos y, por lo tanto, no juzgarnos más allá del lugar donde hemos nacido.

De tanta fe nace la intolerancia. Sin libros, sin pasión por conocer, sin interés por ir más allá, brota la diferencia. Y el espacio entre nosotras se hace insalvable.

 

Pero no, no hay nada que no pueda ser rescatado.

Es en esas voces donde reside la luz, la esperanza para un cambio. Un cambio a su manera (sin manos blancas ni fajos de dólares). Un cambio con más palabras en voz alta y más miradas directas a los ojos.

Una puesta en pie con puños alzados hacia el cielo.

 

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Palabras borrosas.

 

 

Tuya sinceramente,

mujercita

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