shattered

‘I wish I had no heart, it aches so,’ sighed Meg, after a pause.”

When I had him mine, I used to question how it was possible to love with such intensity. Now I constantly wonder how everything can hurt so much. And it is in that emotional vacuum where I left my soul. Shattered I don’t recognize it. I do not want it as part of me. Today I curse more than ever that sensitivity with whom I made peace not long ago. Maybe it was the one which sullied me with innocence. What happened? I have always hated questions remaining unanswered. And he knows that. Who would have imagined that at the gates of his forever, he would burst in with this suspicious silence? Only he does.

No literature exists which is capable of mending these pieces that claim to be me. Something to the left of the stone on my trachea implores: create it. But gosh, everything is so grey. How embarrassing, such a pathos. My eyesight is irritated out of the hypocrisy of my speeches made eternal in my letters proclaiming my independence, my upper dreams. In the closet’s depths, they have found sepulchre.

And after love, what? I believed myself unique, finally a protagonist of huge passions and devotions, loved with the eyes and my desire, oh abundant. I grew in that exceptionality made of the endless learning, the historical movies and a dreamed library hand in hand. I felt extraordinary: I conquered mountains, hugged deserts, got naked in his lake, fucked in an oasis, climbed waterfall. And all of it without taking his hand, just with the strength of his breath on my nape. Then, after this great love, what?

“We were for each other an absolute transparency.” Always the dreams ahead of us until one day he said no, you. But I persisted, the dreams ahead of us. Although later a little souped up, more by his side. Then, there, when the closer our mornings got the duller our translucence. Who would have said it? Who the fuck would have said it?

Now, at my 24 springs (never so withered), I find myself in the old age’s misfortune from Simone de Beauvoir’s ‘Woman destroyed’. Pictured there because she said it: “all women believe themselves different; they all think that certain things can not happen to them, and all of them are wrong.” Such hatred to mistakes, such rancor towards the ruse. What ruse? Whatever, who knows?

The one who thought herself so smart, full of talent, a thousand projects’ devotee, restless spirit. That one does not even read herself. “Curious experience: revive those texts born of my pen and forgotten. Sometimes they interested me; they surprised me as if another had written them; nevertheless, I recognized that vocabulary, those phrase cuts, those beginnings, those ellipses, those tics; those pages were totally impregnated with me; it was a disgusting intimacy like the smell of a room where one has been confined for too long.” Agh, that most disgusting intimacy emanates from my prose so in love, so romantic, that blind.

After all, promises are just sentences that we say to each other holding hands and with the eyes rivetted. “The words we pronounced were nothing else than words.” I who loved them so much, today I do not recognize them.

yours entirely,

 

little woman 

 

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uneasines

 

‘Quisiera no tener corazón, tanto me duele,’ suspiró Meg después de una pausa.

Cuando lo tuve mío, me cuestionaba como era posible amar con tal intensidad. Ahora me pregunto constantemente como todo puede dolerme tanto. Y es en ese salto emocional donde me dejé el alma. Hecha añicos ya no la reconozco. No la quiero parte de mí. Hoy maldigo más que nunca aquella sensibilidad con la que hace poco me reconcilié. Puede que sea ella quién me ensució de inocencia. ¿Qué ha ocurrido? Nunca he logrado soportar que las preguntas queden sin respuesta. Y él lo sabe. ¿Quién se hubiera podido imaginar que a las puertas de su eternidad, él irrumpiría con este silencio sospechoso? Solo él mismo.

No existe literatura alguna que recomponga los pedazos que dicen haber sido yo. Algo a la izquierda de esta losa en plena tráquea implora: créalo tú. Pero qué gris todo. Qué vergüenza, cuanto patetismo. La hipocresía de mis discursos eternizados en cartas proclamando mi independencia, mis altos vuelos hoy me irritan la vista. En el fondo del armario han encontrado sepultura.

Y, después del amor, ¿qué? Me creí única, al fin protagonista de grandes pasiones y devociones, amada con los ojos y mi deseo colmadísimo. Me crecí en esa excepcionalidad del aprendizaje infinito, las películas históricas y una soñada biblioteca mano a mano. Me sentí extraordinaria: conquisté montañas, abracé desiertos, me desnudé en su lago, follé en un oasis, escalé cascadas. Y todo sin tomar su mano, solo con la fuerza de su aliento en la nuca. Entonces, después de este gran amor, ¿qué?

“Éramos el uno para el otro una absoluta transparencia”. Siempre los sueños por delante hasta que un día él dijo no, tú. Pero yo sí, los sueños por delante. Aunque luego un poco tuneados, más a su vera. Entonces, ahí, cuanto más cerca nuestras mañanas más opaca esa translucidez tan nuestra. ¿Quién lo hubiera dicho? ¿Quién coño lo hubiera dicho?

Ahora me encuentro, a mis 24 primaveras (jamás tan mustias), en la desdicha de la vejez de ‘La mujer rota’ de Simone de Beauvoir. Ahí retratada porque ella lo dijo: “todas las mujeres se creen diferentes; todas piensan que ciertas cosas no pueden sucederles, y todas ellas se equivocan.” Qué odio hacia el error, qué rencor hacia el engaño. ¿Qué engaño? Total, ¿quién lo sabe?

Esa que se creía tan lista, repleta de talento, devota de mil proyectos, espíritu inquieto. Esa ni se lee. “Curiosa experiencia: reanimar esos textos nacidos de mi pluma y olvidados. Por momentos me interesaban, me sorprendían como si otra los hubiera escrito; sin embargo reconocía ese vocabulario, esos cortes de frase, esos comienzos, esas elipsisi, esos tics; esas páginas estaban totalmente impregnadas de mí, era una intimidad repugnante como el olor de una habitación donde uno ha estado confinado demasiado tiempo.” Agh, que intimidad más repugnante emana de mi prosa enamorada, romántica, ciega.

Al fin y al cabo, las promesas son solo frases que nos decimos con las manos tomadas y los ojos clavados. “Las palabras que pronunciábamos no eran nada más que palabras”. Yo que las amé tanto, hoy las desconozco.

 

tuya íntegramente,

mujercita

 

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desazón.

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