las otras

—¿No sería una buena diversión si todos los castillos en el aire que nos hacemos pudieran realizarse? —dijo Jo después.

—Yo he hecho tantos, que sería difícil saber cuál de ellos escogería —susurró Laurie echándose sobre la hierba.”

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Al juntar feminismo e Islam o feminismo y mundo árabe, siempre ocurre lo mismo en este lado del mundo. Agotamos todas nuestras fuerzas en debates inútiles sobre la compatibilidad de ambos conceptos, el eterno oxímoron que somete a las mismas, la vara de medir que nos hemos inventado para ser aplicada en cualquier sociedad del planeta. Es agotador pero útil, porque nunca se va más allá de esta disputa. 

Paremos un instante. ¿Cuales son los temas estrellas que surgen siempre al hablar sobre el Islam desde Occidente? El velo y el terrorismo. No hay debate más allá de estas materias. No se profundiza en el pasado arabo-musulmán de estos territorios que reivindicamos patria. Ni en el expolio de conocimiento que nos autoapropiamos. Esos espinosos asuntos quedan fuera de la discusión. (Ni mucho menos de los valores que promueve el Corán). 

 

La nueva amenaza

Todos estos esfuerzos por menospreciar al otro tienen un nombre: el teórico palestino Edward Saïd acuño el término de orientalismo. Hay libros orientalistas, películas orientalistas, actitudes orientalistas, políticas orientalistas, infinidad de guerras construidas sobre ideas orientalistas. Todas ellas se basan en lo mismo: en la necesidad de que exista un otro inferior para construirse a sí mismo como el elemento superior. Y ese otro inferior, obviamente, vive al otro lado del Mediterráneo; es el árabe, musulmán, atrasado, a quién el progreso no le ha alcanzado y su tradición aún no ha perecido en las garras de la modernidad

Tras el fin de la Guerra Fría, el Islam se erige como el gran enemigo a combatir. Con la desintegración de la amenaza comunista, se inventó un nuevo enemigo, devoto de una religión que pasa de ser exótica a peligrosa. En la construcción de ese rival nace la otra por antonomasia, en palabras de Sirin Adlbi Sibai: la mujer musulmana con hiyab. Se simboliza la debilidad de Oriente, del recién estrenado enemigo, en la representación ridiculizada, sensualizada e inferiorizada de las mujeres. De la mano de esta imagen, justificamos incursiones bélicas en Afganistán que no responden más que a unos intereses geopolíticos, no a una desinteresada preocupación por los derechos de las afganas. 

Aún hoy, a 2020, se perpetúan estos mecanismos que plantean a estas mujeres como inferiores o sumisas a través de los medios o los discursos políticos. Son infinitos los casos que desde el periodismo mismo, se nos presenta a heroínas individuales lo suficientemente “valientes” para salirse del marco de sumisión que les corresponde por haber nacido mujer, musulmana y al otro lado del mar, y… aspirar a Occidente. 

 

Ellas tan sumisas como nosotras libres

Claro, y los movimientos feministas occidentales compran esta idea porque “la desafortunada representación que estas estrategias discursivas construyen de las otras mujeres, automáticamente nos devuelven una imagen muy gratificante de las mujeres occidentales como agentes activos, libres y emancipados, donde el feminismo de corte occidental aparece como el único camino posible a seguir para alcanzar la libertad, el progreso y el desarrollo”. Así, nos enfrascamos en debates eternizados si una mujer con hiyab puede autodenominarse feminista, o su irresponsabilidad moral con las compañeras iraníes o saudíes por cubrirse la cabeza. 

¿El resultado? Entretenidas en estas discusiones, logramos la homogeneización de mujeres tremendamente diversas con varias luchas que ignoramos, porque no nos rozan, porque se salen de nuestra concepción orientalista de estas otras. Mientras nos acomodamos en este abismo de nosotras y ellas, caemos de pleno en una trampa que nos hace creer a pies juntillas nuestra supuesta liberación en Occidente. ¿Acaso a nosotras no nos oprime otro velo? “Mientras los ayatolás consideran a la mujer según el uso que haga del velo, en Occidente son sus caderas orondas las que la señalan y marginan”. Amén, compañera.

Altares para Sherezade

Confundidas por una pieza de ropa que cubre sus cabezas y una fe que se nos presenta ignorante, habitamos en el perpetuo interrogante cuando discutimos con una mujer musulmana aquí, en nuestra casa y la suya. Yo, que nací huérfana de devoción, no voy a ser quién lo justifique ni quién lo difame. Tal vez ellas, bajo su refugio voluble, descubran la autonomía. “Si la imagen es el arma principal que los occidentales utilizan para dominar a las mujeres, el hiyab de las mujeres musulmanas en/de Occidente puede resignificarse como la contra-arma principal desde donde se reivindica la libertad de las mujeres de disponer de sus cuerpos y sus imágenes y ser consideradas por su intelecto y sus capacidades personales”. Aquí, sí, en Occidente compro este argumento aunque ignore a aquellas acusadas de orientalistas al derrotar la presión social y vestir su melena al viento. Más allá de nuestras fronteras, el debate es otro. 

Pero las armas de una modernidad orientalista no solo las han desprovisto de voz en el espacio público del que ya forman parte, sino que también les han arrebatado los espejos en los que reflejarse. Esa otra por autonomasía vive en sus propias carnes la ausencia de referentes musulmanas a las que aspirar. Estas otras abogan por reivindicarlas, porque saben que las virtudes de Sherezade residían en sus capacidades como estratega política, no en su sensualidad. De la cual se vaciaban los harenes, donde sí abundaban los intercambios políticos y la ebullición de ideas con firmas de mujer. Con mi pluma, les construiré un altar.

 

tuya sinceramente,

mujercita

 

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La cárcel del feminismo: hacia un pensamiento islámico decolonial, Sirin Adlbi Sibai

 

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