ana

Aquí en Oriente Medio te das cuenta de lo poco que vale la vida. Me da una sensación de fragilidad, de que hoy estás y mañana no. Es algo que se podría evitar completamente. La vida de algunos no vale.”*

Conocí a Ana Alba en su Jerusalén. Habíamos acordado por mail encontrarnos en una cafetería debajo de su casa en la calle Jaffa para hacerle una entrevista para mi trabajo de final de grado. Cuando ya estaba en el autobús, Ana me avisó que se retrasaría. Donald Trump acababa de anunciar su primera visita a Israel. La esperé dos horas; luego, ella me dedicó otras dos más. 

Aún recuerdo la adrenalina tras nuestra larga conversación. Era tanta que me pasé todo el trayecto de autobús de vuelta a Tel Aviv dedicándole un par de páginas de mi diario. Llegué tardísimo a una cena de despedida. A oscuras con la lucecilla iluminando mi pequeño cuaderno, una recién aterrizada en la región con 21 primaveras le escribía a quién ya se convertiría en compañera, en referente. Hoy recupero esas páginas para despedirme de ti, Ana. El periodismo pierde humanidad con tu partida. 


27 de abril de 2017

¡Qué maravilla cuando, de repente, te topas con un espejo y te ves reflejada! La piel se te eriza, la mirada se te nubla y las palabras tan firmes, tan seguras tiemblan. Y rozas el futuro con una mano. Solo un par de dedos lo alcanzan pero sientes el abrazo de todo lo que te espera y te entregas. Sin mirar el reloj, sin reparar en el después. Clavas tu mirada en la suya que es la tuya con un par de arrugas y mucha más experiencia. También unos cuantos de mis sueños cumplidos. Sus sueños, los nuestros.

Me gustaría imaginármela joven y ambiciosa, entregándose a la estrenada paz de los Balcanes con su mañana también por estrenar. Seguro que también tenía docenas de cuadernos y que en el avión camino a la aventura se escribía a sí misma. Puede que también se relea y se le empañe el mirar. La veo sentada en la desolación de una alma inquieta intentando poner orden a esto que somos. Sus ojos desbordando ansias por cambiar el mundo, ese anhelo tan puro por mejorarlo. Y confiar ciegamente en las palabras para hacerlo. Me la imagino con el corazón encogido en una casa de paredes tapizadas con sufrimiento y mesas cálidas que te calientan con el té que define a ese país. Y lo querrá abrazar todo en sus libretas. Por las noches se le escapará la pena, la solidaridad por las pupilas y a la vez le temblarán las piernas cuando se le cruce por la mente que sí, que está aquí.

Y sí, estoy aquí. Hoy me he recorrido el país y me he plantado en la santa ciudad tan anhelada, tan disputada. Como si nada, como si fuera casa. No me hace falta leerme de nuevo para saber porque estoy aquí, porque me siento así y porque me veo en ella. De momento siento que estoy siguiendo el mismo camino que hizo hace unos años. Voluntaria sin fronteras, seguro que devoraba libros y se entregaba a cada conversación. Escribía las vidas, las hacía historias y las daba al mundo, a su mundo. Hoy me habla de ella para que no me vengue, para que sepa respetar esta pasión por las palabras, para que las ansias por compartirla no me nublen el pensamiento. Y los dos cafés que nos hemos tomado separadas nos han acercado más. […]

Qué ganas de abrazar este emocionante mañana pero qué maravilloso se me presenta cada hoy. Este que describo me ha autopropulsado al cielo.

-A


*Fragmento de la entrevista a Ana Alba en Jerusalén, abril del 2017.

 

 

 

 

tuya sinceramente,

mujercita 

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