aterrizaje

Tú eres la gaviota, Jo, fuerte y salvaje, enamorada del viejo y de las tormentas, capaz de adentrarse en el mar y vivir en soledad.”

Aquí estoy. Asomada a los árboles que esconden la ciudad. Mecida por el viento que un ventilador elevado refresca. Con las nalgas entumecidas de ya no se cuantas horas en esta cafetería. Donde antes cantaban voces y sonaban guitarras. Donde bebo limón y menta como si no hubiera dejado jamás la región. Donde me desenvuelvo con una sonrisa pletórica bajo la mascarilla al descubrir otro rincón, otros ojos amables. Es de noche y sigo pensando. En todos los temas que tratar, los lugares que visitar, las gentes que conocer. Me miro desde fuera, y me quiero tanto. ¿Como es posible sentir casa un lugar que desconoces? Que las suyas propias aborrecen por los latigazos constantes a los que las somete. Que explota, quema, tortura. Pero que me regala olas, montañas, ríos. Y aunque los atardeceres se hagan de rogar porque ninguno será tan bonito como el primero, aquí sigo, con las nalgas entumecidas, confiando en que el próximo me saludará. 

Beirut, Beirut, hasta tu nombre me sabe dulce. Es el abrazo de la brisa de las noches estivales. Es el sabor de yogures, mieles y especias. Es la facilidad para ser una yo sin límites, espléndida, radiante, solitaria, feliz. Reconciliada con una sensibilidad que me acompaña a cada paso. Que me recibe en fruterías, queserías y cafés. Que me deja correr libre por este campo de amapolas urbano. Y me aplaude por haber soñado, por haber batallado, por haberme atrevido. Por eso, me miro y me quiero tanto. Porque soy el resultado de las idas y venidas a la región, de las personas que me la hicieron más amena, de las que dejo en casa pero mantengo en mi pantalla, hasta de esa incursión en las Américas, de los libros que me regala mi tía y en los que invierto yo. Soy el fruto de las listas infinitas, las horas rendida al discurso de otras, a las crónicas de otras. Soy el producto del convencimiento en cada paso tomado, el efecto de un hogar sano y cálido, el orgullo de que su sangre corra por mis venas y su tinta se cuele en mis cuadernos. Soy este deseo irrefrenable por escribir. Soy las ganas de narrarlo todo aunque sea a mí misma. Pero ahora, desde aquí, desde la melodiosa Beirut, también narro para otras. Y el vértigo viene con un gustito en las entrañas que me lo paga todo. Me narro para cuando lleguen días vacíos, días de dudas. Me narro porque nadie me conoce mejor que yo. Y por eso, en mi Beirut, me quiero tanto. 

tuya pletóricamente,

mujercita

ese, ese atardecer.


You are the gull, Jo, strong and wild, fond of the storm and the wind, flying far out to sea, and happy all alone.”

Here I am. Leaned out to trees that hide the city. Moved by the wind that a high fan refreshes. With my buttocks numbfrom I-don’t-know-how-many hours in this cafe. Where before voices sang and guitars played. Where I drink lemon and mint like I had never left the region. Where I get along with an exultant smile under the mask when I discover another corner, other kind eyes. It’s nighttime and I am still thinking. About all the issues to discuss, all the places to visit, all the people to meet. I look at myself from the outside, and I love me so much. How is it possible to feel home a place you are ignorant of? A place that its people hate because of all the constant whippings that they are subdued. A place that explodes, burns, tortures. But that gifts me waves, mountains, rivers. And even sunsets are playing hard to get because none of them would be as beautiful as the first one, I am still here, with my buttocks numb, confident that the next one will greet me. 

Beirut, Beirut, even your name tastes sweet. It’s the hug of summer nights’ breeze. It’s the flavour of yoghurts, honeys and species. Reconciled with a sensitivity that accompanies me at every step. That welcomes me at fruit stands, formageries and cafés. That allows me to run freely in this urban poppies’ field. And it applauds me for having dreamt, having fought, having dared. That’s why I looked at myself and I love me so much. Because I am the result of all these comings and goings to the region, of the people that made it more pleasant, of the ones I leave at home but I keep on my screen, even of that incursion into the Americas, of all the books my aunt gifts me and the ones I invested into myself. I am the fruit of endless lists, hours surrendered to others’ speeches, others’ report. I am the product of the certainty in every step walked, the effect of a healthy and warm home, the pride of having their blood running through my veins and their ink seeping in my notebooks. I am this irrepressible wish for writing. I am the eagerness to narrate everything even if it is just for myself. But now, from here, from the melodious Beirut, I also narrate for others. And the vertigo comes with a pleasure in my guts that pays me everything. I narrate myself for when empty days, doubts’ days come. I narrate myself because no one knows me better. And that’s why, in my Beirut, I love me so much. 

yours exultantly,

little woman

that, that sunset.

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