party on the bus

Jo carried her love of liberty and hate of conventionalities to such an unlimited extent that she naturally found herself worsted in an argument.”

Festive music is playing and restless hands accompany it. In this tiny yellow bus, there is room for a dance floor where men and women share melodies. On our way to the wadi, a party gets started. A very Arab kind of party, blasting songs with incomprehensible lyrics but a sticky rhythm. I could sense the excitement filling the bus as everyone was dancing. When we, the pale-skinned ones, respond to their pleas to join the dance, laughters start to bounce around and inquisitive mobiles appear. They will not let us sit for the rest of the trip. Who cares about what happens in the other side of the Mediterranean? Today it is about discovering this country that welcomes me.

With the illusion of leaving the city and breathing fresh air, we have chosen to get up early because we already know that, “if we wake up very early, but very very early”, oh, we can be unstoppable. It was so early that despite arriving at the agreed time, we arrived too soon. Things of Jordan. Hours and time run at a different pace. Same as the steps. Everything goes slowly, slowly. Shuai shuai. Today there is nothing more to do than to enjoy nature.

And so we do. After leaving the Dead Sea behind, we took a blurred path under the blazing sun of late October (and August, and September…). The rocks on the road were a challenge. A foot here, another there, a little push and I have it. Trying to climb without relying on generous hands. In order to achieve it, it is necessary to wear the appropriate clothing and footwear. It seems that this lesson was not taught at Jordanian schools.

While the men were wearing mountain shoes and sportswear, all perfect for the day, I couldn’t help but notice the women’s attire. You know, perks of being a feminist. Makeup, expensive purses, jeans. And a poor lady wearing a long black dress with sandals. But when you read black dress do not think of something flattering or pretty. It was more like a flat garment that doesn’t allow anybody to catch a glimpse of your female body, with its curves, folds or contours. None of this can be presumed, although we all know it is there.

Obviously, that outfit bothered her throughout the hike. She fell several times, her shoes broke, her dress did not allow her to move with agility to climb, she went much slower and created impatient lines. And then, I, with my leggings, my tank top and my pink sneakers, I wondered until which point it was her decision to dress that way. Maybe it was completely her initiative or maybe her husband, in shorts and short sleeve t-shirt, advising her. Her daughters, by the way, wore jeans and long-sleeved sweaters.

And there again, my Western woman mind can’t stop spinning: is it not obvious that both men and women are going to do the same hike and should both wear comfortable clothes? Does it not make much more sense to spend the day enjoying the walk than turning it into a tortuous road just because of a dress? And she, what’s her opinion? What does she think? If it is her decision, how does she justify it? And how can I stop thinking about it from my Western point of view? Because I want to bring it up without judging it, only showing the facts, but it is complicated.

It is in those moments where I appreciate being born where I was born, and I acknowledge the luck of being able to choose freely. My freedom is so great that it has brought me here to observe, learn and tell. And for that, I will be eternally grateful.

 

Meanwhile, I will enjoy this trip on the fun bus where men and women hold hands to the rhythm of the music.

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It’s a palm tree party!

 

Yours faithfully,

little woman

 

 

 

Jo llevaba a tal extremo su amor por la libertad y su odio a los convencionalismos que generalmente se veía derrotada en las discusiones.”

Suena música festiva y la acompañan manos inquietas. En este minúsculo autobús amarillo, hay espacio para una pista de baile donde hombres y mujeres comparten melodías. De camino a un wadi cualquiera, se forma una fiesta de esas muy árabes. Con letras incomprensibles pero ritmo pegajoso. Y muchas ganas de ver a todos bailar. Cuando nosotros, los de pálida piel, respondemos a sus súplicas de unirnos a la danza, rebotan carcajadas y aparecen móviles curiosos. Ya no nos dejan sentarnos durante el resto del viaje. ¿Que más dará lo que pase al otro lado del Mediterráneo? Hoy se trataba de descubrir este país que me acoge.

Con la ilusión de salir de la ciudad y respirar aire fresco, hemos optado por madrugar porque ya se sabe, “si ens aixequem ben d’hora, ben d’hora, però ben d’hora, ben d’hora”, ai, podemos ser imparables. Y tan pronto lo hicimos que pese llegar a la hora acordada, llegamos demasiado pronto. Cosas de Jordania. Las horas y el tiempo corren a un ritmo distinto. Igual que los pasos. Todo va poquito a poquito. Shuai shuai. Hoy no hay nada más que hacer que gozar de la naturaleza.

Y así lo hacemos. Tras dejar atrás el mar Muerto, tomamos un camino desdibujado bajo el sol abrasador de finales de octubre (y de agosto, de septiembre…). Las rocas del camino suponían un reto para nosotros. Un pie aquí, otro allá, un poco de impulso y ya lo tengo. Tratar de escalar sin depender de manos generosas. Para lograrlo, es necesario vestir la ropa y el calzado adecuados. Parece que esa lección no la enseñaron en la escuela jordana.

Mientras que los hombres vestían zapatos de montaña y ropa deportiva, todo perfecto para la jornada, me era inevitable fijarme en la vestimenta de las mujeres. Ya sabéis, (des)ventajas de una feminista. Maquillaje, bolsos de marca, tejanos. Y una pobre señora viste un vestido negro largo con sandalias. Pero cuando leáis eso de vestido negro no penséis en algo favorecedor ni bonito. Más bien una prenda plana, que no deje entrever tu cuerpo femenino, con sus curvas, sus pliegues o sus contornos. Nada de eso puede intuirse, aunque todos sepamos que está ahí.

Obviamente ese modelito la incomodó durante todo la excursión. Se cayó varias veces, sus zapatos se rompieron, el vestido no la dejaba moverse con agilidad para escalar, iba mucho más lenta y creaba colas impacientes. Y entonces, yo con mis leggings, mi camiseta de tirantes y mis deportivas rosas, me preguntaba hasta qué punto es su decisión vestir de esa manera. Tal vez sea completamente su iniciativa o tal vez su marido, con pantalones cortos y camiseta de manga corta, se lo aconseje. Sus hijas, por cierto, vestían tejanos y jerséis de manga larga.

Y ahí de nuevo se encuentra mi mente de mujer occidental dando vueltas: ¿no es obvio que ambos, hombre y mujer, van a hacer el mismo recorrido y deben vestir ropa cómoda? ¿No tiene mucho más sentido pasar el día disfrutando de la excursión que convertirlo en un camino tortuoso simplemente por un vestido? ¿Y ella qué opina? ¿Qué piensa? Si es su decisión, ¿como la justifica? Y yo, ¿cómo dejo de pensar en ello desde mi punto de vista occidental? Porque yo quiero planteármelo sin juzgarlo, sólo presentando los hechos, pero es complicado.

Es en esos momentos donde valoro haber nacido donde he nacido, y aprecio la suerte de poder elegir libremente. Mi libertad es tanta que me ha traído hasta aquí para observar, aprender y contarlo. Y por ello, estaré eternamente agradecida.

 

Mientras, disfrutaré de este viaje en el autobús de la fiesta donde hombres y mujeres se toman las manos al ritmo de la música.

 

 

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¡Es una fiesta de palmeras!

 

 

Tuya sinceramente,

mujercita

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